Emprender distinto

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Personas con TDAH, autismo o dislexia encuentran en el emprendedurismo un espacio de libertad, adaptación y potencia creativa. Lejos de los moldes tradicionales, crean sus propias reglas, ritmos y formas de trabajar.

 

“No encajaba en ningún trabajo. Así que inventé el mío”

A los 32 años, Sofía R. ya había pasado por siete empleos distintos. “Me echaban o me iba. Me costaba cumplir horarios, me distraía fácil, me olvidaba cosas. Me sentía inútil”, cuenta. El diagnóstico de TDAH (Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad) llegó tarde, pero trajo alivio. “No era vaga. Mi cerebro simplemente funciona distinto”.

Hoy, Sofía tiene una tienda online de agendas ilustradas y recursos para personas neurodivergentes. “Diseño pensando en mí: recordatorios visuales, colores que me calman, frases que me motivan. Y resulta que a otros también les sirve”.


El trabajo como lo necesito, no como me lo imponen

Para muchas personas neurodivergentes, el empleo tradicional implica exigencias difíciles de sostener: multitarea constante, ambientes ruidosos, jerarquías rígidas, reuniones eternas. Emprender se vuelve entonces una forma de supervivencia, pero también de expresión.

“Yo no puedo estar ocho horas en una oficina con luces blancas y gente hablando todo el tiempo”, dice Tomás G., diagnosticado con autismo a los 20. “Pero puedo pasar diez horas programando en mi casa, con auriculares y mi gato al lado”.

Tomás creó una microempresa de desarrollo web accesible. “Trabajo con clientes que entienden mis tiempos. No hago llamadas, todo es por mail. Y me enfoco en sitios inclusivos, porque sé lo que es sentirse excluido”.


Dislexia y creatividad: pensar en imágenes, comunicar distinto

Lucía M. siempre sintió que leer en voz alta era una tortura. “Las letras se me mezclaban. Me costaba escribir sin errores. Me decían que era distraída, que no prestaba atención”. A los 25, descubrió que tenía dislexia.

Hoy, Lucía es ilustradora y vende libros infantiles que combinan texto simple con imágenes potentes. “Mi cerebro piensa en imágenes. Eso que fue un obstáculo en la escuela, ahora es mi diferencial”.

También da talleres para niños con dificultades de lectura. “Les muestro que no están rotos. Que pueden contar historias de otra forma”.


Libertad, sí. Pero no sin desafíos

Emprender con neurodivergencia no es un camino fácil. La autogestión puede ser abrumadora, la ansiedad acecha, y la falta de redes de contención es real.

“Hay días en que no puedo levantarme de la cama. Otros en los que tengo mil ideas y no sé por dónde empezar”, dice Sofía. “Tuve que aprender a poner límites, a pedir ayuda, a no compararme”.

Tomás coincide: “No soy un genio solitario. Necesito estructura, pero a mi manera. Uso apps, alarmas, listas. Y tengo una terapeuta que me ayuda a ordenar”.


¿Y si el problema no es la persona, sino el sistema?

Muchos de estos emprendedores coinciden en algo: no es que no puedan trabajar, sino que el mundo laboral no está diseñado para ellos.

“Cuando dejé de intentar encajar, empecé a florecer”, dice Lucía. “No soy menos por necesitar otras formas. Soy distinta, y eso también es valor”.


Claves que se repiten en sus historias

  • Autoconocimiento: entender cómo funciona su mente fue el primer paso para crear un entorno laboral propio.
  • Creatividad adaptativa: transforman sus desafíos en soluciones originales, muchas veces útiles para otros.
  • Red de apoyo: terapeutas, grupos de pares, familia o comunidad online son fundamentales.
  • Flexibilidad: diseñan rutinas que respetan sus ritmos, con pausas, estímulos controlados y objetivos realistas.
  • Propósito: muchos eligen proyectos con impacto social, educativo o inclusivo.


Un llamado a mirar distinto

Emprender con neurodivergencia no es solo una historia de superación. Es una invitación a repensar qué entendemos por productividad, éxito y normalidad.

Porque cuando el sistema no se adapta, hay quienes lo reinventan. Y en ese gesto, abren caminos para muchos más.